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martes, 26 de agosto de 2014

El héroe



     Siempre pensé que tenía poderes. Era una premonición. Estaba convencido. Una especie de fe interior me decía que tenía un... poder especial, algo así como Dios. Era capaz tanto de dar la vida como... de quitarla. 
     De joven, lo reconozco, llegue a desear... el paso al otro mundo de varias personas. En ocasiones se cumplió, otras simplemente desaparecieron dejándome en paz y, por consiguiente, yo a ellas.

     La otra variante del poder sobrehumano, que creía poseer, nunca la puse en marcha. Sabía que era algo muy importante, algo que debía dejar para un caso muy especial, un motivo extremo; qué era eso de ir por ahí dando la vida a diestro y siniestro, no, no podía ser.
     Y por eso esperé y esperé casi toda la vida. Temiendo que, o bien solo tendría una oportunidad de dar la vida, como el Genio de la lámpara, o que tal vez no diese resultado, que todo fuese una ilusión de corte infantil que yo, por inmadurez, alargué todos estos años. 
     Sea como fuere jamás lo intente, y ocasiones hubo, pero cuando llegaba el momento... me parecía absurdo, disparatado llevar a cabo el protocolo que entendía que debía hacer para realizar el "milagro". Éste, consistía en posar las manos allí donde el mal se hubiese producido en la persona indicada: si estaba malo de cáncer, debería poner la mano donde éste comenzó su crecimiento; si lo estaba por infarto, yo debería poner la mano en su corazón; si era leucemia o algo extraño, en la cabeza, y si la causa por la que postraba en cama habían sido las heridas por accidente, mis manos deberían posarse en estas.

     Como digo nunca lo intenté. Nunca quise romper esa magia, ese halo superior que creía tener. 
     
     Jamás lo intenté... hasta ese día.

     Era la gran oportunidad, era el ahora o nunca, el momento esperado, el objetivo elegido, era el día de demostrar que yo podía hacer milagros, ese para el cual me había estado preparando toda la vida, la hora de probar que tenía un don, uno especial... ganar la batalla a la muerte. 

     Por eso me acerque, despacio, con más miedo que temor; miedo a fracasar, miedo a haber estado engañado todo ese tiempo, miedo a no saber ejecutarlo, incluso miedo a que se cumpliera, y sobre todo... miedo a perderla para siempre. 
     Cuando estuve a su lado, me arrodille, le mire a los ojos y sentí que era imposible, que todo esto era una locura... pero debía intentarlo. Por eso primero le acaricie la cabecita, luego con el pulgar le frote despacio los parpados caídos, rendidos, cansados de tanto luchar. Abrió sus ojitos vacíos, y en ese momento, cuando nuestras miradas se cruzaron, puse mis manos en ella. Le acaricie la tripita. Lo hice suave, lentamente. Mi palma rozaba sus frías tetillas. Aguanté unos instantes con la mano allí puesta, transmitiendo esa supuesta energía maravillosa, esperando que el milagro se produjese o tal vez esperando una señal divina que me indicase el siguiente paso.

     Nunca llegó. Ni la señal, ni el esperado milagro. Mi poder se esfumo allá con mis sueños. Desaparecieron junto con la vida que ahora se escapaba entre los dedos de la mano mientras oía cómo su respirar se ahogaba despacio, se perdía en un vacío infinito. Se apagaba al mismo tiempo que su corazón, que dejaba de golpear, para siempre... mi mano milagrosa. 

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