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viernes, 15 de enero de 2016

VOTO NULO



     Ya están aquí, ya han llegado. Primero tomaron las plazas, luego rodearon el congreso. Un tiempo después... están dentro. 
     Dormíamos, despertamos.

     Ahora solo hace falta que el resto abra los ojos, se quiten la venda que durante casi cuarenta años se habían puesto ellos solitos por culpa de los otros cuarenta años anteriores, cuatro décadas de sometimiento intelectual, de acoso moral hostigado por el látigo del miedo. De resignación, de adoctrinamiento espiritual y de acatamiento político instaurado por las urnas bélicas.

        Y en esas estamos, intentado todavía clasificar a la gente, posicionarles en su sitio: los de arriba y los de abajo, destapar acoplados en uno y otro grupo, meterles la conciencia de clases a base de recortes y derechos evaporados, facilitar a la gente su búsqueda de dinastía abolenga en cunetas para una reconciliación indefinida. Borrar de la ciudad cualquier vestigio que recuerde lo anterior, hasta entonces... no va ser posible. Porque mientras queden restos que huelan a sedición siempre habrá alguien que se agarre a ello. 
  
     Al otro lado, en el hemiciclo, esos... restos segregacionistas, esos gestos absolutistas, esos modos totalitarios, esas formas totalmente anacrónicas campan a sus anchas. Allí todavía andan por los primeros capítulos de cuéntame, borrando huellas que relacionen la transición con el franquismo, machacando discos duros, repartiéndose el territorio a su antojo; con sobres de monopoli, inflando sus cuentas con de dinero black, estructurando su organización delictiva piramidal de manera que la ley no les de alcance. Poniendo la artillería visual pesada de su lado para manipular, derribar al enemigo, y en su paso, de manera colateral premeditada... dejar al ciudadano desnudo de derechos, de garantias... de sentido común, desorientado y amenazado, acosado de manera virtual por esos miedos grabados todavía en sus conciencias, y que ellos, a sabiendas de que esto podía ocurrir, dejaron con  toda intención esa parafernalia de recuerdos bélicos, de golpe de estado oculto, de victoria dudosa, de incursión nazi en nuestras calles; esas que todavía enaltecen nombres de gente que contribuyó al sometimiento más largo que este país recuerda, y que por eso siguen ahí, como medida disuasoria para evitar un posible levantamiento de la clase trabajadora.

     Pero ya es tarde, las tropas civiles urbanas han entrado en el pleno. Lo han hecho por la vía legal, no rompiendo con las armas otra república, lo han hecho como ellos querían... con la mierda de democracia que nos dejaron, una democracia que solo permitía significarnos una vez cada cuatro años, pero nos engañaban, nos daban las papeletas marcadas con dos nombres, y en nuestro afán de cambio solo podíamos rotarlos en su poltrona, intentar reciclarlos cada una o dos legislaturas mientra ellos, en ese espacio de tiempo, se iban a las grandes empresas, esas que de verdad nos gobiernan y oprimen con sus decisiones. 

     Ahora tienen miedo, ese que ha cambiado de bando. Solo les queda el pataleo, la salida de tono, la excusa tonta y el argumento vacuo; el adjetivo infantil arropado por sus hordas mediáticas. Solo les queda ir recogiendo sus cosas, plegar su arrogancia y meterla en esa cartera de escaño obsoleta. 
     Su último grito es pedir, para la nueva etapa, una decencia y limpieza que ellos no tuvieron: apagar el ruido de la batucada, cortar rastas y fulminarlas de piojos. 
     Todo ante la atenta mirada inocente de un bebé que no sabía qué pasaba, qué ocurría, pero que alguien con toda la mala fe del mundo, haciendo uso de su denostada acta de diputado y sabiéndose sobrado en número de votos, porque un pacto oculto y engañando otra vez a sus votantes así lo decidió entre bastidores, creyó que podía permitirse esgrimir en él su última pataleta, su nula capacidad de entendimiento y tolerancia. 
     
     Marcar como nulo, el último golpe fascista en el parlamento español.