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sábado, 2 de mayo de 2020

Escapar





      Lo llaman guerra pero no lo es. Es, simplemente, un virus más. Tampoco es un enemigo. Es un agente patógeno con forma de naranja con espinas. 
    No estamos confinados; estamos arrestados, apresados, encarcelados. Y no, no queremos escapar... queremos salir, deambular libremente.

    Que se utilicen distintos eufemismos o vocabulario bélico no es si no más que para justificar el exceso de medios y fuerzas militares y policiales en nuestras calles. Para evidenciar que son "necesarias" porque estamos en "guerra" y la vamos a ganar. 

    Que salgan los militares a combatir un virus es tan absurdo como ineficaz, es como si saliesen los enfermeros a luchar contra el terrorismo. 
    Esto no es más que otra muestra clara del fracaso que esta crisis ha dejado de manifiesto sobre nuestro sistema. Eran los médicos, enfermeros y todo el adulado y encumbrado sistema sanitario los que se tenían que haber ocupado "exclusivamente" de esta pandemia, pero claro, no los teníamos o los teníamos desmantelados. Por el contrario, lo que si teníamos intacto y con un presupuesto desorbitado para los tiempos que corrían era el ejército y demás fuerzas de seguridad. Es por ello que las hemos sacado a la calle, para que se vean, para paliar y contrarrestar la carencia sanitaria. Es por ello que les hemos dado las herramientas que antes deberíamos haberles dado a los sanitarios. Y es por ello que, ante lo poco efectivo de su uso en materia sanitaria y epidemiológica, les hemos puesto a limpiar, desinfectar, montar, desmontar y... a hacer de bufones del pueblo, regalando canciones, flores, souvenirs y bailes ridículos para un cuerpo de policía.

    La única razón del ser y estar en las calles, es la de someternos y controlarnos. De ahí esa jerga belicista, de ahí esas amenazas, ese, ahora sí, protagonismo y consentimiento a los balconazis, ese asedio mediático a los "insolidarios" que se saltan el confinamiento y van a dar un simple paseo. 
    Es por eso la importancia que dan a los controles abusivos y desmedidos con tal de coger, reprimir y reprender a los "delincuentes" y "desobedientes" civiles que se quieren "escapar" de sus casas. Incoherente, ¿verdad? Cómo puede uno ser delincuente por salir de su casa? Muy fácil, arguyendo que no sales sino que "escapas", dando a entender otra vez que estamos en un estado de excepción y no de alarma, que estábamos arrestados y por lo tanto no podías salir,  y es solo en ese contexto donde tiene cabida este exceso de uniformes y control estatal. 

    El trabajo sucio otra vez lo ejecutan los medios, que aceptan y embadurnan de vaselina estas medidas para hacernos creer y sobre todo sentir que esto es justo, normal, necesario y que el abuso que sobre nosotros se está haciendo por parte del estado es inevitable. 
    Han dado la vuelta a la enfermedad de una manera tan abismal y mágica que ni nos hemos dado cuenta. Hemos pasado de ser víctimas a victimarios, de ser protegidos a perseguidos. El ejército de ser inútil a necesario, la sanidad de ser objeto de recortes a intocable, los reponedores de ser invisibles a héroes, el pueblo de ser patriotas indefensos a... enemigos.
    Y lo hemos aceptado porque otra vez la doctrina del schock ha hecho su trabajo. Un pueblo con miedo, en estado de schock por algo que no entiende y que el estado no lo explica del todo, entra en pánico y es manejado al antojo, renunciando a todos sus derechos "cotidianos" con tal de salvar algo más importante, en este caso la VIDA.

    Por eso los militares. Por eso las condecoraciones en el atril de Moncloa. Por eso los controles. Por eso el argot militar de guerra. Para que nos sintamos patriotas, nos enarbolemos en la bandera, en los himnos desde las terrazas, los estandartes a media hasta, los crespones negros cosidos en rojigualda, corbatas de funeral, los aplausos solidarios al compas de las sirenas policiales como si un desfile triunfal se tratase, porque ese aliento, aunque absurdo y contrario desde nuestra posición, hace que el país se engalane para recibir, vitorear y reconocer la más que anhelada victoria de nuestro ejército al enemigo más temible y peligroso que jamás se conoció, y que nosotros, con nuestro sacrificio, hemos hecho posible.

    Cuando todo acabe, porque "esto lo ganamos entre todos", habrá que preguntarse quién fuimos cada uno y qué papel tuvimos en esta II Guerra Civil.




   



domingo, 12 de abril de 2020

Covid 19, Fracaso del Capitalismo




     Iba a escribir sobre esto, pero he encontrado un artículo que ya habla de ello. Entonces me ahorro el pensar el porqué de esta idea, y el relacionarla y argumentarla de manera social e histórica. O sea que os copio, literal, el artículo, hago la mención al mismo, de su autor y medio que lo publica... y fuera. 



   

La pandemia mundial del coronavirus está provocando sufrimientos y cambios muy profundos en la vida humana. No solo ha ocasionado en pocos meses, docenas de miles de muertos, cientos de miles de contagiados y un colapso en los sistemas de salud de casi todos los países, tanto en las potencias dominantes como en los países semicoloniales,  sino que ha profundizado la grave crisis económica que se venía incubando desde hace algunos años, comparable a la de 1929 y quizá con secuelas más graves.

La única medida que se les ha ocurrido tomar a la mayor parte de gobiernos del mundo es ordenar el confinamiento de la gente en sus casas, decisión necesaria pero cruel para los que no tienen casa o sus viviendas son lugares hacinados, estrechos, y no cuentan con los servicios básicos ni condiciones adecuadas para una vida digna. Igualmente es una medida cruel para los que no tienen trabajo o realizan un trabajo informal, puesto que se ganan el sustento con el trabajo del día a día. El COVID-19, como le han llamado, es una crisis de salud que sacude al conjunto de la sociedad, pero como toda crisis afecta más a las personas que menos tienen: a los desempleados, a los trabajadores informales, a las personas sin techo, a los migrantes.
Esta catástrofe social no es una consecuencia de la naturaleza sino del capitalismo, sistema que se caracteriza por la desigualdad entre las clases sociales, la explotación de la burguesía al trabajador, la enorme brecha entre ricos y pobres y todo tipo de discriminaciones. El origen de esta nueva plaga está en ciertos virus que se encontraban desde hace siglos en sus reservorios animales y han experimentado mutaciones que infectaron también a los seres humanos. Se transformaron en epidemias por la explotación voraz y depredadora de los ecosistemas naturales, es decir la agresión continua a la naturaleza por parte de las  grandes empresas capitalistas, principalmente las transnacionales.
La aplicación de los planes y recetas neoliberales han profundizado la miseria, han disminuido los salarios reales y han dejado los servicios básicos a expensas de la voracidad del mercado. En el campo de la salud los gobiernos redujeron los presupuestos de la salud pública y trasladaron la atención a los hospitales y clínicas privados, es decir privatizaron los servicios sanitarios provocando el desmantelamiento de los sistemas de salud pública. También debemos recordar que existen otras pandemias que afectan a las poblaciones más pobres de continentes como el África, Asia y América del Sur, como el hambre y la desnutrición, o enfermedades que pueden ser controladas con un sistema de sanidad adecuado como el dengue y el paludismo que provocan miles de víctimas cada año, pero de las cuales casi no se habla en las esferas oficiales y en los grandes medios de comunicación.

miércoles, 8 de abril de 2020

20:00




     Ya no puedo más. Estoy harto. No soporto más los aplausos. Después de 3 semanas dejan no solo de tener sentido sino que resultan absurdos, impropios y hasta de mal gusto. 
     Me recuerdan al experimento social de unos chicos en la sala de espera, que sin saber cómo ni por qué, se acabaron levantando cada vez que sonaba un pitido solo porque otros, antes que ellos, lo hicieron y no se preguntaron por qué. 
https://www.youtube.com/watch?v=wibaGgB318c

     Me cansa el falserio policial con los aplausos, felicitaciones y demás tontunas. Para luego más tarde emplumarte por tirar la basura en el cubo de la otra calle. 
     Y no, no son héroes. Qué coño héroes. Unos y otros. Son solo curritos que hacen lo que tienen que hacer y por ello les pagan. Las Fuerzas y Cuerpos del estado, el ejército, no hacen más que lo que se supone y dicta la constitución que deben hacer. Que ahora tienen más curro? Claro, como todo el mundo alguna vez, cobrarán más y luego a descansar. Así es el sistema. Punto. 
     Y los sanitarios tampoco, no me jodáis. Que están todo el año a paso lento, en modo avión, con horarios más o menos flexibles. Que no se vengan arriba con los piropos y halagos, que ya sabemos que salvan vidas, claro, son médicos. Lo heroico sería que lo hicieran los... taxistas, coño. Ya vale de tanto reconocimiento y tanto baile absurdo, que me parece que tienen mucho tiempo para bailes virales y recogida de aplausos. 
     Y no te digo nada de los trabajadores "esenciales". No me digáis que es de héroes vender pan, chóped, tocino o compresas y lejía.
     Habrá quién diga: "Ya, pero son héroes porque exponen su salud por los demás". Que no, que no, que no lo hacemos por los demás, lo hacemos por obligación remunerada.
     Y no nos comáis más la cabeza con lo de población solidaria, que es empática y se queda en casa. Una mierda así de grande. Se queda en casa porque fuera están los simpáticos policías que entre aplauso y felicitación, te someten a un control que roza lo ilegal, con sanciones tan descomunales que dejan tiritando al más valiente. O sea no tanta solidaridad sino más bien represión y miedo. 
     Vamos, lo que veníamos siendo antes de esto. Unos egoístas interesados que anteponemos nuestros intereses al del resto de la gente. Que hay casos de conciencia y solidaridad real? claro, como el resto del año. No más. 

     Qué fraternal tiene estar todo el santo día dando por culo en el piso, cantando, bailando, jugando, corriendo, haciendo deporte indor, moñeando con los niños sin importarles que arriba, abajo y a los lados hay gente que solo intenta pasar las semanas lo más tranquilamente posible sin importarnos lo virales que pretendáis ser con tal de salir en el espejo público de tv por un segundo. Que a lo mejor, al lado o abajo, vive uno de esos héroes que tanto admiráis y que en esos momentos de vuestra explosiva creatividad solo intenta recuperarse, para al día siguiente... salvar una nueva vida, o hacer una barra heroica de pan o filetear heroicamente un trozo de mortadela.

    Dejad de hacer el tonto ya, hombre. Que huele. Que hay balcones que parecen palcos de plaza de toros, escenarios de verbena de pueblo, sets improvisados del Got Talent más cochambroso y casposo que se haya visto. Coged un puto libro y dejad la puta levadura, menos torrijas y más sensibilidad, menos bizcochos y más razonar, meditar y actuar. 
     Ahora entiendo el acopio de papel higiénico, no habéis parado, en estas 3 semanas, de cagarla.  

     

jueves, 2 de abril de 2020

Y... si fuera mentira?




     No creo, pero... ¿y si fuera? 
     Si tal vez la gente no fuese tan solidaria.
     Si no son tantas las personas que aplauden con fuerza a la empatía sanitaria.
     Si son cuatro los policías simpáticos que felicitan y agasajan a los pequeños por su cumpleaños.
     Si las enfermeras no son tan efusivas en su felicidad por un paciente de alta con un cerro de años.
     Si las estanterías de mercados estuvieran vacías para encarecer productos, y estos solo... estuvieran ocultos.
     Si el virus... no es real.
     Si el confinamiento fuese total.

     Si estuviésemos... encerrados.
     Si viviésemos... atrapados.

     Si nos creíamos libres, y estábamos oprimidos.
     Si siempre estuvimos limitados de movilidad y horarios restringidos.
     
     A lo mejor no es verdad que estén sacando lo peor de nosotros, el egoísmo; sino que ya estaba fuera, pero ahora lo mostramos como defensa, lucha y supervivencia... que no es lo mismo.
     
     Y si los infectados... fuéramos el resto? 
     Y nos confinan en los hogares por esto. 
     Y si las UCIs son nuestras creativas habitaciones?
     Y el sector de riesgo los niños que ríen en los balcones. 
     Los hospitales de campaña nuestros nidos. 
     Los pacientes de alta los detenidos. 
     Que los trabajadores de servicios esenciales lo fuesen realmente, porque desconocen que son parte del experimento de una patente.
     Que son utilizados como ratas, por científicos derrochando mascarillas y batas.
     Y si las residencias fuesen iglesias, o un enorme cementerio? 
     Y las escuelas y colegios centros de reclusos peligrosos, sin criterio.
     Los mendigos turistas despistados, y no seres sin recursos, olvidados.
     Los perros ángeles a tu lado, que necesitan cariño, no el rechazo de un desgraciado.  
     Los bares y restaurantes laboratorios de creación epidemiológica.
     Las obras y fábricas centros logísticos de mercancía bacteriológica. 
     La vacuna preventiva el sentido común y la lógica.
     Las cadenas de TV el boletín del estado, y las series placebo para un pueblo acojonado. 
     
     La estadística... la amenaza social.
     La soledad... la escusa principal.
     La mentira... la nueva religión.
     El futuro... otra ficticia dimensión.
      
     Y si fuera mentira, y realmente nos dimos por vencido porque descubrimos... que ya habíamos fallecido?
  


     


      
     

viernes, 27 de marzo de 2020

Cualquier cosa, una vez.




     Fisgoneando por la red me he encontrado un ensayo de Bob Black. Por lo que se ve es un filósofo anarquista americano, cuyo principal postulado es "La abolición del trabajo". Viene a decir que el primer problema de la infelicidad del hombre es el trabajo. 
     Uno de sus razonamientos es que el trabajo nos esclaviza, y que el anhelado tiempo libre, no es más que una ilusión, porque entiende que en ese tiempo, lo único que hacemos es prepararnos, recapacitar, descansar y darle vueltas por y para el mismo. Vamos, que se llama tiempo libre porque el resto del tiempo, lamentablemente, no lo somos. Solo somos meros esclavos que carecemos de conciencia de serlo.

     Me viene ahora a la cabeza el análisis que hice en su día. Este no era otro que la comparación de la esclavitud del finales del siglo XlX y la precariedad del siglo en curso. En el pasado, los esclavos trabajaban solo 6 horas, y la recompensa que recibían era comida y techo. La abolición se llevó a cabo, no solo por la regularización de derechos humanos, sino porque los negreros descubrieron que pagándoles lo justo para cubrir ese mínimo, se despreocupaban de las circunstancias que sobre los esclavos pudieran derivar, y aparte se cumplía y aceptaba lo que las voces y leyes de derechos humanos empezaban a reclamar.
     Esas condiciones de antaño son, tristemente, las que todavía prevalecen. Los salarios, contratos y horarios laborales a los que nos enfrentamos en la actualidad, son lo más parecido a los que los citados esclavos accedieron a cambio de "libertad", la diferencia es que ellos accedieron a ella después de ser sometidos, humillados, ultrajados y explotados; nosotros, ahora, lo somos igualmente, pero creemos que somos plenamente libres y que estos gestos de vulnerabilidad de derechos no se aplican ya.
     En definitiva, somos como los esclavos, pero con la conciencia totalmente lavada y anulada; incapaz, no solo de no reconocer a nuestro enemigo, sino de encima adularles, aplaudirles y venerarles su comportamiento con nosotros de manera agradecida. Y no somos conscientes porque el trabajo -Capitalismo- ha hecho un trabajo encomiable, ha sido capaz de anular nuestra capacidad de crítica, de razonamiento y de lucha. Ha logrado que la precariedad sea el esclavismo del siglo XXl, que la plusvalía del trabajo caiga en las manos de siempre y que el manido trabajo productivo recaiga en nuestras espaldas en forma de recortes de derechos laborales, salarios y horas de esfuerzo. 

     Bueno, os dejo con unas de las mejores frases y párrafos de dicho ensayo, lo copio literalmente.
     Espero que por lo menos os haga pensar. Solo recordar que es un planteamiento... utópico y filosófico que ahora sería irrealizable, pero que si la sociedad se diera una segunda oportunidad tendría que tenerse en cuenta.

       La Abolición del Trabajo     
             -Bob Black-

     Nadie debería trabajar.

     El trabajo es la fuente de casi toda la miseria en el mundo. Casi todos los males que puedas mencionar provienen del trabajo, o de vivir en un mundo diseñado para el trabajo. Para dejar de sufrir, tenemos que dejar de trabajar.

     Esto no significa que tenemos que dejar de hacer cosas. Significa crear una nueva forma de vivir basada en el juego; en otras palabras, una convivencia lúdica, comensalismo, o tal vez incluso arte. El juego no es sólo el de los niños, con todo y lo valioso que éste es. Pido una aventura colectiva en alegría generalizada y exuberancia libremente interdependiente. El juego no es pasivo. Sin duda necesitamos mucho más tiempo para la simple pereza y vagancia que el que tenemos ahora, sin importar los ingresos y ocupaciones, pero, una vez recobrados de la fatiga inducida por el trabajo, casi todos nosotros queremos actuar. El Oblomovismo y el Estajanovismo son dos lados de la misma moneda despreciada.
 

     La vida lúdica es totalmente incompatible con la realidad existente. Peor para la "realidad", ese pozo gravitatorio que absorbe la vitalidad de lo poco en la vida que aún la distingue de la simple supervivencia. Curiosamente -o quizás no- todas las viejas ideologías son conservadoras porque creen en el trabajo. Algunas de ellas, como el Marxismo y la mayoría de las ramas del anarquismo, creen en el trabajo aún más fieramente porque no creen en casi ninguna otra cosa. 

      Pero si todos los ideólogos defienden el trabajo (y lo hacen) -y no sólo porque planean hacer que otras personas hagan el suyo- son extrañamente renuentes a admitirlo. Hablan interminablemente acerca de salarios, horas, condiciones de trabajo, explotación, productividad, rentabilidad. Hablarán alegremente sobre todo menos del trabajo en sí mismo. Estos expertos que se ofrecen a pensar por nosotros raramente comparten sus ideas sobre el trabajo, pese a su importancia en nuestras vidas. Discuten entre ellos sobre los detalles. Los sindicatos y los patronos concuerdan en que deberíamos vender el tiempo de nuestras vidas a cambio de la supervivencia, aunque regatean por el precio.

     La alternativa a trabajar no es el ocio solamente. Ser lúdico no es ser estático. Aunque valoro el placer de la pereza, nunca es más satisfactoria que cuando sirve de intermedio entre otros placeres y pasatiempos. Tampoco promuevo esa válvula de seguridad disciplinada y gerenciada llamada "tiempo libre"; nada de eso. El tiempo libre es no trabajar por el bien del trabajo. El tiempo libre es tiempo gastado en recobrarse del trabajo, y en el frenético pero inútil intento de olvidarse del trabajo. Mucha gente regresa de sus vacaciones tan agotada que desean volver al trabajo para descansar. La diferencia principal entre el tiempo libre y el trabajo es que al menos te pagan por tu alienación y agotamiento.
 
      Cuando digo que quiero abolir el trabajo, me refiero justo a lo que digo, pero quiero decir a lo que me refiero definiendo mis términos de formas no idiosincráticas. Mi definición mínima del trabajo es labor forzada, es decir, producción impuesta. Ambos elementos son esenciales. El trabajo es producción impuesta por medios económicos o políticos, por la zanahoria o el látigo (la zanahoria es sólo el látigo por otros medios). Pero no toda creación es trabajo. El trabajo nunca es hecho por amor al trabajo mismo, sino para obtener un producto o resultado que el trabajador (o, con más frecuencia, alguien más) recibe del mismo. Esto es lo que el trabajo debe ser. Definirlo es despreciarlo.

   
     Pero el trabajo moderno tiene peores implicaciones. La gente no sólo trabaja, tienen "empleos". Una persona realiza una tarea productiva todo el tiempo "¡o si no...!". Aún si la tarea tiene aunque sea un átomo de interés intrínseco (y cada vez menos trabajos lo tienen) la monotonía de su obligatoriedad exclusiva elimina su potencial lúdico. Un "empleo" que podría atraer la energía de algunas personas, por un tiempo razonable, por pura diversión, es tan sólo una carga para aquellos que tienen que hacerlo por cuarenta horas a la semana sin voz ni voto sobre cómo debería hacerse, para beneficio de propietarios que no contribuyen en nada al proyecto, y sin oportunidad de compartir las tareas o distribuir el trabajo entre aquellos que tienen que hacerlo. Este es el verdadero mundo del trabajo: Un mundo de estupidez burocrática, de acoso sexual y discriminación, de jefes cabeza hueca explotando y descargando la culpa sobre sus subordinados, quienes -según cualquier criterio técnico-racional- deberían estar dirigiendo todo. Pero el capitalismo en el mundo real sacrifica la maximización racional de la productividad y el beneficio ante las exigencias del control organizacional. 
     
      El trabajo hace de la libertad una burla. El discurso oficial dice que todos tenemos derechos y vivimos en una democracia. Otros desafortunados que no son libres como nosotros tienen que vivir en estados policiales. Estas víctimas obedecen órdenes "¡o si no...!", sin importar cuán arbitrarias. Las autoridades les mantienen bajo supervisión constante. Los burócratas del Estado controlan hasta los detalles más pequeños de la vida diaria. Los oficiales que les empujan de un lado a otro sólo responden ante sus superiores, públicos o privados. De cualquier modo, la disensión y la desobediencia son castigados. Los informantes reportan regularmente a las autoridades. Se supone que todo esto es muy malo.
    
Y lo es, excepto que no es sino una descripción del puesto de trabajo moderno. Los liberales y conservadores y anarco-capitalistas que lamentan el totalitarismo son falsos e hipócritas. Hay mas libertad en cualquier dictadura moderadamente desestalinizada que en el típico puesto de trabajo estadounidense.
      Encuentras el mismo tipo de jerarquía y disciplina en una oficina o fábrica que en una cárcel o monasterio. De hecho, como Foucault y otros han mostrado, las cárceles y las fábricas surgieron casi al mismo tiempo, y sus operadores copiaron conscientemente las técnicas de control de unas y de otras. Un trabajador es un esclavo de medio tiempo. El jefe dice cuándo llegar, cuándo irse, y qué hacer entre los dos. Te dice cuánto trabajo hacer y qué tan rápido. Puede llevar su control hasta extremos humillantes, regulando, si le da la gana, las ropas que llevas o qué tan a menudo puedes ir al baño. Con unas pocas excepciones, puede despedirte por cualquier razón, o sin razón. Eres espiado por informantes y supervisores, amasa un expediente de cada empleado. Contestarle es llamado "insubordinación", como si el trabajador fuese un niño malo, y no sólo hace que te despidan, te descalifica para compensación de desempleo. Sin aprobarlo necesariamente para ellos tampoco, hay que señalar que los niños en la casa y en la escuela reciben un tratamiento similar, en este caso justificado por su supuesta inmadurez. ¿Qué nos dice esto acerca de sus padres y maestros que trabajan? 

     El humillante sistema de dominación que he descrito rige sobre la mitad de las horas de vigilia de una mayoría de mujeres y la vasta mayoría de los hombres por décadas, por la mayor parte de sus vidas. Para ciertos propósitos, no es del todo erróneo llamar a nuestro sistema democracia o capitalismo o -mejor aún- industrialismo, pero sus verdaderos nombres son fascismo de fábrica y oligarquía de oficina. Quien diga que esta gente es "libre" es un mentiroso o un estúpido. Eres lo que haces. Si haces trabajo aburrido, estúpido y monótono, lo más probable es que tú mismo acabarás siendo aburrido, estúpido y monótono. El trabajo explica la creciente cretinización a nuestro alrededor mucho mejor que otros mecanismos idiotizantes como la televisión y la educación. Quienes viven marcando el paso, todas sus vidas, llevados de la escuela al trabajo y enmarcados por la familia al comienzo y el asilo al final, están habituados a la jerarquía y esclavizados psicológicamente. Su aptitud para la autonomía se encuentra tan atrofiada, que su miedo a la libertad es una de sus pocas fobias con base racional. El entrenamiento de obediencia en el trabajo se traslada hacia las familias que inician, reproduciendo así el sistema en más de una forma, y hacia la política, la cultura y todo lo demás. Una vez que absorbes la vitalidad de la gente en el trabajo, es probable que se sometan a la jerarquía y la experticia en todo. Están acostumbrados a ello.
 
     Vivimos tan cerca del mundo del trabajo que no vemos lo que nos hace. Tenemos que basarnos en observadores externos de otros tiempos u otras culturas para apreciar el extremismo y la patología de nuestra posición presente. Hubo un tiempo en nuestro pasado en que la "ética del trabajo" hubiese sido incomprensible, y quizás Weber comprendió algo importante cuando conectó su aparición con una religión, el Calvinismo, que si hubiese aparecido hoy, en vez de hace cuatro siglos, hubiese sido llamado acertadamente una secta.
     Imaginemos por un momento que el trabajo no convierte a la gente en sumisos atontados. Imaginemos, contra cualquier psicología creíble y contra la ideología de sus defensores, que no tiene efecto en la formación del carácter. E imaginemos que el trabajo no es tan aburrido, agotador y humillante como todos sabemos que realmente es. Aún así, el trabajo sigue siendo una burla de todas las aspiraciones democráticas y humanísticas, sólo porque usurpa tanto de nuestro tiempo. Sócrates dijo que los trabajadores manuales suelen ser malos amigos y malos ciudadanos, porque no tienen tiempo de cumplir con las responsabilidades de la amistad y la ciudadanía. Tenía razón. A causa del trabajo, sin importar lo que hagamos, nos la pasamos mirando los relojes. La única cosa "libre" sobre el llamado tiempo libre es que no le cuesta nada al jefe. El tiempo libre está dedicado en su mayoría a prepararse para ir al trabajo, regresar del trabajo, y recobrándose del trabajo. El tiempo libre es un eufemismo para la manera peculiar en que el trabajador, como factor de producción, no sólo se transporta a sí mismo, a sus propias expensas, desde y hacia el puesto de trabajo, sino que además asume la responsabilidad por su propio mantenimiento y reparación. El carbón y el acero no hacen eso. Las máquinas fresadoras y las de escribir no hacen eso. Pero los empleados lo hacen. Con razón Edward G. Robinson, en una de sus películas de gángsteres, exclamó "¡el trabajo es para los estúpidos!" 
     
      El trabajo es nocivo para tu salud. De hecho, el trabajo es asesinato en masa o genocidio. Directa o indirectamente, el trabajo matará a la mayoría de los que lean estas palabras. Entre 14.000 y 25.000 trabajadores mueren en este país anualmente en el lugar de trabajo. Más de dos millones quedan deshabilitados. De veinte a veinticinco millones son heridos cada año. Y estas cifras se basan en una estimación muy conservadora acerca de qué constituye una herida relacionada con el trabajo. Por ejemplo, no cuentan el medio millón de casos de enfermedad ocupacional cada año. Hojeé un libro de texto médico sobre enfermedades ocupacionales y tenía 1.200 páginas. Incluso esto apenas es la punta del iceberg. Las estadísticas disponibles cuentan los casos obvios, como los 100.000 mineros que tienen el mal del pulmón negro, de quienes mueren 4.000 cada año, una tasa de mortalidad mucho mayor que la del SIDA, por ejemplo, que recibe tanta atención de los medios. Esto refleja la creencia sobreentendida de que el SIDA aflige a pervertidos que podrían controlar su depravación mientras que la extracción de carbón es una actividad sacrosanta e incuestionable. Lo que las estadísticas no muestran es que decenas de millones de personas ven reducidas sus expectativas de vida a causa del trabajo -que es lo que significa la palabra homicidio-, después de todo. Considera a los doctores que trabajan hasta morir a los cincuenta y tantos. Considera a todos los otros adictos al trabajo.
 
     Aún si no quedas muerto o inválido mientras trabajas, también puedes morir mientras vas al trabajo, regresas del trabajo, buscas trabajo, o tratas de olvidarte del trabajo. La gran mayoría de las víctimas del automóvil estaban realizando algunas de estas actividades obligadas por el trabajo, o cayeron víctimas de alguien que las hacía. A este conteo de cadáveres se debe añadir las víctimas de la contaminación auto-industrial y la adicción al alcohol y drogas inducida por el trabajo. Tanto el cáncer como las enfermedades cardíacas son aflicciones modernas cuyo origen se puede rastrear, directa o indirectamente, hacia el trabajo.

     El trabajo, entonces, institucionaliza el homicidio como forma de vida. La gente piensa que los camboyanos estaban locos al exterminarse a sí mismos, pero ¿somos nosotros diferentes? El régimen de Pol Pot al menos tenía una visión, aunque borrosa, de una sociedad igualitaria. Nosotros matamos gente en el rango de las seis cifras (por lo menos) para vender Big Macs y Cadillacs a los que sobrevivan. Nuestras cuarenta o cincuenta mil muertes anuales en la autopista son víctimas, no mártires. Murieron por nada -o más bien, murieron por trabajar-. Pero el trabajo no es algo por lo que valga la pena morir. 
     Lo que he dicho hasta ahora no debería ser controvertido. Muchos trabajadores están hartos del trabajo. Las tasas de ausentismo, despidos, robo y sabotaje por parte de empleados, huelgas ilegales, y flojera general en el trabajo son altas y van subiendo. Podría haber un movimiento hacia un rechazo consciente y no sólo visceral del trabajo. Y sin embargo, el sentimiento que prevalece, universal entre los patronos y sus agentes, y muy extendida entre los trabajadores mismos, es que el trabajo mismo es inevitable y necesario. 
     Yo discrepo. Ahora es posible abolir el trabajo y reemplazarlo, hasta donde sirve a propósitos útiles, con una multitud de nuevos tipos de actividades libres. Abolir el trabajo requiere ir hacia él desde dos direcciones, cuantitativa y cualitativa. Por el lado cuantitativo, hemos de recortar masivamente la cantidad de trabajo que se hace. En la actualidad, la mayor parte del trabajo es inútil o peor, y deberíamos deshacernos de él. Por el lado cualitativo -y pienso que esta es la base del asunto, y el punto de partida nuevo y revolucionario- hemos de tomar el trabajo útil que queda y transformarlo en una agradable variedad de pasatiempos parecidos al juego y la artesanía, que no se puedan distinguir de otros pasatiempos placenteros, excepto que sucede que generan productos útiles. Sin duda eso no los hará menos estimulantes. Entonces, todas las barreras artificiales del poder y la propiedad se vendrían abajo. La creación se convertiría en recreación. Y podríamos dejar de vivir temerosos los unos de los otros.

     No estoy sugiriendo que la mayoría del trabajo pueda salvarse de esta manera. Pero la mayoría del trabajo no vale la pena salvarlo. Solo una fracción pequeña y menguante del trabajo sirve para algún propósito útil, aparte de la defensa y reproducción del sistema del trabajo y sus apéndices políticos y legales. Hace veinte años, Paul y Percival Goodman estimaron que sólo el cinco por ciento del trabajo que se hacía entonces -presuntamente la cifra, de ser exacta, es aún más baja ahora- bastaría para cubrir nuestras necesidades mínimas de comida, ropa, y techo. Su cálculo era sólo una aproximación educada, pero el punto clave está claro: directa o indirectamente, la mayor parte del trabajo sirve los propósitos improductivos del comercio o el control social. De inmediato podemos liberar a decenas de millones de vendedores, soldados, gerentes, policías, guardias, publicistas y todos los que trabajan para ellos. Es un efecto de avalancha, puesto que cada vez que dejas sin trabajo a un pez gordo, también liberas a sus lacayos y subordinados. Y entonces la economía implosiona.

     El 40% de la fuerza laboral son trabajadores de cuello blanco, la mayoría de los cuales tienen algunos de los empleos más tediosos e idiotas jamás concebidos. Industrias enteras, seguros y bancos y bienes raíces por ejemplo, no consisten en nada más que mover papeles inútiles de un lado a otro. No es casual que el "sector terciario", el sector de servicios, esté creciendo mientras el "sector secundario" (industria) se atasca y el "sector primario" (agricultura) casi desaparece. Porque el trabajo es innecesario excepto para aquellos cuyo poder asegura, los trabajadores son desplazados desde ocupaciones relativamente útiles a relativamente inútiles, como una medida para asegurar el orden público. Cualquier cosa es mejor que nada. Es por eso que no puedes irte a casa sólo porque terminaste temprano. Quieren tu tiempo, lo suficiente para que les pertenezcas, aún si no tienen uso para la mayor parte del mismo. De no ser así, ¿por qué la semana de trabajo promedio no ha disminuido más que unos cuantos minutos en los últimos cincuenta años? 
     Finalmente, debemos deshacernos de la mayor de las ocupaciones, la que tiene el horario más largo, el salario más bajo, y algunas de las tareas más tediosas. Me refiero a las amas de casa y el cuidado de niños. Al abolir el trabajo asalariado y alcanzar el desempleo total, atacamos la división sexual del trabajo. El núcleo familiar como lo conocemos es una adaptación inevitable a la división del trabajo impuesta por el moderno trabajo asalariado. Te guste o no, tal como han sido las cosas durante los últimos cien o doscientos años, es económicamente racional que el hombre traiga el pan a la casa y que la mujer haga el trabajo sucio y le provea de un refugio de paz en un mundo despiadado, y que los niños sean enviados a campos de concentración juveniles llamados "escuelas", principalmente para que no sean una carga tan grande para mamá pero aún sean mantenidos bajo control, pero también para que adquieran los hábitos de obediencia y puntualidad que tanto necesitan los trabajadores. Si deseas deshacerte de la patriarquía, deshazte del núcleo familiar cuyo no pagado "trabajo invisible", como dice Ivan Illich, hace posible el sistema del trabajo que a su vez hace necesario el núcleo familiar. A la lucha anti-armas nucleares está ligada la abolición de la infancia y el cierre de las escuelas. Hay más estudiantes de tiempo completo que trabajadores de tiempo completo en este país. Necesitamos a los niños como maestros, no estudiantes. Tienen mucho que contribuir a la revolución lúdica, porque ellos son mejores en el juego que las personas maduras. Los adultos y los niños no son idénticos, pero se harán iguales a través de la interdependencia. Sólo el juego puede cerrar la brecha generacional.
 
      Hay cosas que a la gente le gusta hacer de vez en cuando, pero no por demasiado tiempo, y ciertamente no todo el tiempo. Puedes disfrutar haciendo de niñera por algunas horas para compartir la compañía de los niños, pero no por tanto tiempo como sus padres. Los padres, mientras tanto, aprecian profundamente el tiempo que les liberas para sí mismos, aunque les molestaría apartarse de su progenie por mucho tiempo. Estas diferencias entre los individuos son lo que hace posible una vida de juego libre. El mismo principio se aplica a muchas otras áreas de actividad, especialmente las primarias. Así, muchos disfrutan cocinar cuando lo pueden hacer con seriedad, a su modo, pero no cuando sólo están recargando cuerpos humanos con combustible para el trabajo.
       Algunas cosas que no son satisfactorias si las haces sólo, o en un entorno desagradable, o bajo las órdenes de un supervisor, son agradables, al menos por un tiempo, si esas circunstancias cambian. Esto es cierto probablemente, hasta cierto punto, para todo trabajo. La gente utiliza su ingenio, de otro modo desperdiciado, para convertir las tareas repetitivas menos atrayentes en un juego, lo mejor que pueden. Las actividades que atraen a algunas personas no siempre atraen a todas, pero todo el mundo tiene, al menos en potencia, una variedad de intereses y un interés en la variedad. Como dice el dicho, "cualquier cosa, una vez".
     
     Así que los abolicionistas tendrían que actuar por su cuenta. Nadie puede decir qué resultaría de liberar el poder creativo aturdido por el trabajo. Cualquier cosa puede pasar. El gastado debate de libertad versus necesidad, que casi suena teológico, se resuelve sólo cuando la producción de valores de uso coexista con el consumo de deliciosa actividad lúdica.

     La vida se convertirá en un juego, o más bien muchos juegos, pero no -como es ahora- un juego de suma cero. Un encuentro sexual óptimo es el paradigma del juego productivo; los participantes se potencian los placeres el uno al otro, nadie cuenta los puntajes, y todos ganan. Cuanto más das, más recibes. En la vida lúdica, lo mejor del sexo se mezcla con la mejor parte de la vida diaria. El juego generalizado lleva a la libidinización de la vida. El sexo, en cambio, puede volverse menos urgente y desesperado, más juguetón. Si jugamos bien nuestras cartas, podemos sacar más de la vida de lo que metemos en ella; pero sólo si jugamos para ganar.
 

     Nadie debería trabajar. Proletarios del mundo... ¡descansad!
                     “La abolición del trabajo” de Bob Black