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jueves, 21 de noviembre de 2013

El viento que susurra



     Y mueve tu doncel y fino bigote, lo bandea de un lado a otro. El aire serpentea entre él, y hace un slalom por tu piel nívea.
     Por fin te percatas, recibes el mensaje, tu alerta interna se despierta, tu otro sentido detecta que estamos cerca, que los mimos llegan junto a las caricias. 
     Es hora de sacar tu larga lengua, pasearla por la primera cara que te encuentres, levantar las patas para intentar acariciar tú también y demostrar que el afecto es recíproco, que la alegría es mutua, pero eso.... no es posible. 
      Nosotros sí te entendemos, sí te comprendemos, sí... te oímos. 


    Solo el rumor de ese aire descifra el cariño que te damos. 
    Solo el viento te susurra con paciencia al oído todas las cosas bonitas que te decimos.  





lunes, 21 de octubre de 2013

Un Día de Perros





   Parque J.C.I, aquel que pedía disculpas, ése que insistía en que.."lo sentía, que no volvería a ocurrir", ese Jefe de Estado que, en sus momentos de ocio, se dedica a "tumbar" animales gigantes en peligro de extinción. Aquel que se esconde de sus problemas detrás de una escopeta de caza, un traje mimetizado y un sombrero tanto o más ridículo que la afición que desempeña.

    Aun así, en nombre suyo, se hizo este enorme parque, dentro, bastas zonas ajardinadas, y en su interior una pequeña y modesta zona vallada de ocio canino. 
    Y ahí se celebro ayer una quedada de perros de raza B. Francés. Y allí estuvimos nosotros, nosotros y ellos.... los perros. Y cómo no, allí estaba yo, grabando cada momento, cada instante.... cada gesto perruno, cada carrera enérgica. 

    Os dejo las fotos, hay más, pero estas son las que más me llegan.




























         "la noche anterior hacía presagiar, para el día siguiente, un auténtico día de perros..... y efectivamente así fue.... el mejor día de los perros"

martes, 20 de agosto de 2013

Cuarto Milenio

  
                      EL CUELLO DEL POLO


    Bienvenidos a la nave del misterio. Hoy vamos a hablar de un caso extraño, insólito, raro cuando menos, extravagante tal vez. Me estoy refiriendo al.... panoli que lleva el cuello del Polo subido. 

     Qué les pasa a los maduritos?, qué les ocurre?, qué quieren demostrar?. Y lo que es peor... ¿Por qué siempre son?, y ahí viene el misterio, mayores de 35 años, que pasan de los 30 seguro, y en ocasiones llegan incluso hasta los cuarenta y muchos. 
     ¿Por qué siempre van con esa pinta de no enterarse de nada?, da igual que sea un polo Ralph, Lacoste, Hackett o uno del Primarkt, les da igual, ellos salen por la mañana, y en el portal, se miran en el espejo y se dicen- "Qué coño, me voy a subir el cuello, que queda que te cagas". La mayoría tienen ya niños, algunos de edades que más les pegaría a ellos esa moda que a sus patéticos padres. Lo adornan con gafas que..... bueno, no voy a comentar aquí. Y lo peor.... el aire que van proyectando de.. "¡Joder!, todavía soy el puto amo, a mi edad, ¡ya ves!, que sabrán esos niñatos, les doy sopas con hondas".

     Aquí dejo el misterio. ¿Por qué solo lo llevan ellos?, los maduritos y puretas que creen estar en la segunda pubertad. 
     Un consejo: cuando os miréis en el espejo del portal o de la entradita de casa, y veáis lo de puta madre que vais, os recomiendo un segundo vistazo, este con algo más de rigor y de sentido, y os hagáis una pregunta, solo una: ¿Dónde coño voy con esa pinta de gilipollas?.

     Y por último, ¿no os dais cuenta que solo lo lleváis vosotros?, los puretillas que no queréis admitir que ya no estáis en el mercado, y que hay que dejar paso a los jóvenes, que aunque con enormes carencias de otro tipo, con rasgo y percha para llevar "esa" clase de modas. ¡Joder!, que os vais a convertir en el obsoleto y anacrónico estilo Heavy del siglo XXI.



     Venga, hacerlo por vuestros hijos y por los que, teniendo la misma edad que vosotros, sentimos vergüenza ajena.
      ¡Cuellos abajo!.


domingo, 4 de agosto de 2013

La pandilla Canina



     La voz hermética, enlatada de la estación anuncia la siguiente parada: "Alcalá de Henares", insiste, "Alcalá de Henares", en ese instante un tren de cercanías se aproxima al andén, lo hace lento, pausado... con temor tal vez. El recuerdo de días antes todavía nubla su alargada experiencia y hace mella en su bagaje profesional. Fue un caso aislado, lo sabe, aun así, al conductor le produce dudas y desconfianza, por eso cuando se acerca a la estación de la Garena su velocidad no alcanza ni siquiera los 40 kilómetros hora, una velocidad más digna de un perro que de un tren....

     Un palo sobrevuela, un perro jadeante lo sigue, la desesperación que muestra su cara más pareciera que huyera del mismísimo diablo que de un entretenido juego se tratase. Tras él una horda de perros de todos los tamaños y tipos de razas le siguen, de ahí la comprensible angustia con la que el pequeño Bulldog Francés corre, quieren la misma recompensa: un seco, lamido y mordisqueado palo que merodea por la zona desde comienzos de verano.
     Suben laderas, pisotean el césped, se embadurnan en tierra después, claro, de haberse dado un pequeño chapuzón en un asqueroso charco estancado, que es el terror de todos los dueños. 
     Un Pastor Alemán, uno de los más viejos, contempla tranquilamente cómo el tren parte de nuevo de la estación, le sigue con su mirada incluso cuando se aleja, lo sigue visualmente tras la valla que separa su zona de recreo con el mundo civil, la zona hostil para ellos. De la valla divisoria crecen unas enredaderas que la cubren casi en su totalidad, y debajo, es donde se esconden las otras participantes del engranaje que forma esa cadena de desenfreno animal: las ratas. 
     Ellas no las han visto aún, están absortas dando de beber a sus "niñas", a sus pequeños cachorros. Desenfundan con entusiasmo, hasta con ilusión diría yo, las botellas de agua especiales para perros; las hay de todos los colores, de todos los formatos y mecanismos, al final el mismo objetivo: saciar la sed de los más pequeños, de aquellos que abandonan su juego y se refugian en el regazo para demandar un poco de cariño, de paz.... de agua. Todos meten el hocico en el de todos, comparten hasta la última gota, la última baba, no son egoístas, ésta es una característica que no cabe en su personalidad.
     Cuando una de ellas levanta la mirada para dar una golosina a su mascota la ve, la asquerosa rata se dirige hacía allí. En esos momentos una algarabía cubre todo el entorno: recogen correas, bolsos, botellas, móviles; alguna se deja hasta el tabaco, les da igual, su meta es huir de allí lo más rápido y lejos posible. Los perros parecen no darse cuenta del "eminente" peligro que les acecha, por eso el más diminuto de todos sigue montando a una perrilla que pasaba por ahí, el Boxer gigante continúa velando al pequeño, la pareja de de Bulldogs Franceses siguen esprintando en paralelo, el moteado Braco, con su desgastado collar, corretea en círculos machacando con soniquete su pelota infantil, la peluda Terrier se esconde cuando a lo lejos ve a su Némesis, ella no teme a ratoncillos, al fin y al cabo su raza es especialista en cazar y codearse con estos "malditos roedores" , ella lo que teme es a la enorme sombra que se cierne sobre la zona: el Terranova se aproxima, el espacio se comprime considerablemente, la gravedad que desprende el perro oso convierte a los demás en meros perros satélites, cuyas estrellas más lejanas son, cómo no, los desobedientes Beeagles.  

     La tarde cae. La noche se cierne sobre la pradera canina. Por el camino, una recortada imagen muestra al otro longevo Pastor Alemán, lo guía una simpática niña, tan alegre y cariñosa como el perro que la custodia. Es la señal de que el fin del recreo llega, es hora de recoger a los cachorros y poner rumbo a casa. Aun así, todavía se entretendrán un poco más por el camino, se gruñirán otro poco, correrán nuevamente, pedirán, como si de niños se tratase, cinco minutos más. Para al final, en el punto de separación, dedicarse sus últimos besitos y húmedos lametones. 

     Giran los cuellos buscando a sus inseparables amigos, parecen hasta tristes, alguno se resiste. Al final ceden. Olvidan el momento y ya solo esperan a que llegue el día siguiente, la próxima cita, esa donde se decidirá quien se queda definitivamente con el preciado y chupado palo.

     Será otro día, en otra jornada de picnic perruno. Otro momento donde, nuevamente, la pandilla canina retorne al lugar.

domingo, 28 de julio de 2013

Muy, muy finito.


    Sí. Es el tonto de detrás el que debiera evitar esta situación. El que tendría que meter presión al de delante para que deje de pedir chorraditas, deje de pedir acciones absurdas, deje de exprimir el pábulo que el centro da a sus clientes, deje de exigir cosas inexplicables, deje de dar el coñazo con comodidades que tiempo atrás sonarían a imbécil perdido y que ahora son... de un cliente que sabe lo que quiere. 
    Que deje de perder tiempo y robárselo a los demás, que deje de copiar las peticiones ajenas, que deje de aparentar ser un sibarita y caer en continuas contradicciones: Obligar a que le sirvan con guantes de latex, pero luego no importarle que el empleado meta las uñas hasta el corvejón del salchichón para que le pele la pieza, le quite el "pellejito", no sea que su niño se atragante. 

     Sí. Estoy hasta los cojones de gente absurda. Gente que cree que sabe lo que quiere pero que no sabe lo que pide. Que lo hace por inercia, exigir por exigir, porque se lo hacen, porque no les ponen trabas, porque de esa manera está más amortizado cada mísero euro que dejarán en la caja.

     Sí. Continuas frases que se repiten cada día y siguen sonando patéticas. Que con ellas, hacen que el flujo, el ritmo y la fluidez que tendría que haber, desaparezcan. 
     Y todo eso es por culpa del retrasado de detrás, ése que ya no pone caras largas, ése que ya no echa miradas cómplices con el empleado de turno, ése que ya no hace gestos de desesperación y aspavientos onerosos como protesta ante la actitud nada dadivosa del tonto de delante.

     Y no lo hacen porque ellos esperan pacientemente su turno para pedir y exigir exactamente lo mismo que el otro, de igual manera, con la misma pasividad y la misma petulancia. Y que ese eterno momento de espera les sirve para coger ideas, imitar gestos, asumir y absorber experiencia de como pedir gilipolleces sin parecerlo.  

     Y están alerta. Expectantes a que salga su numero. Como si el de la bola final del bingo se tratase, algunos hasta hacen la gracia repetida hasta la saciedad, "Bingo", - me toca -dicen, el más original dice linea, creyendo que lo de bingo esta muy oído, y lo sabe porque se pasa horas y horas observando el comportamiento de sus congéneres. Y cuando por fin le ha llegado su turno se crece, se estira, incluso se ajusta la chaqueta, hace memoria, tira de reservas y comienza su diatriba de peticiones aprendidas para ese exclusivo momento: Me lo pones finito, por favor; antes incluso que el buenas tardes, el hola o el que tal, incluso antes de el qué o cuánto, lo primero es lo primero.- Muy finito por favor. Ya ya, finito, lo he oído. No, pero más finito, más, finito que se rompa.... ahí esta, ahí queríamos llegar, a la famosa palabra, la que da constancia y deja claro lo que queremos, la que rompe otra vez, y cada día más, mi ánimo a seguir atendiendo a un público asquerosamente imbécil.

     "Me quitas el plástico. Me lo separas con papeles. Me lo pones en dos paquetes. Me lo pones en dos cuentas. Me pones eso por un lado y ahora lo otro por otro..¿?. Me lo haces el lonchas gordas, como de un dedo, a ver, un dedo mio no suyo (risas). Me lo partes a la mitad. Me quitas la corteza. Me lo hace cuñitas (finas por favor). Me lo hace en tacos, es para picar ahora (aclaración innecesaria). ¿Me lo puedes picar?, es que yo en casa... Me quitas un poco el tocino. ¿Me lo puedes limpiar más?. ¿Me puedes empezar otro?. ¿Me va a tocar el culo? (si utd. me lo pide Sra.). ¿Me puede quitar el pellejito? y me lo hace lonchas. ¿Me lo puede envasar al vacío?, es para ir de viaje (¿?). Me lo pones estiradito. ¿Me lo puede poner en pila?, sí, así amontonado hacia arriba, no estirado. Si cojo una de fuera ¿me lo cortas aquí?. ¿Me puedes cortar un hueso?. ¿Me lo puedes hacer en trozos no muy grandes? (o sea, pequeños, ¿no?). ¿Me lo puede poner en bandejita?."

     Cada día. Cada cliente. Todos, absolutamente todos. No escuchan tu aclaración o consejo: Se le va a romper, se le va a secar, pierde toda la esencia, un jamón sin tocino.... Les da igual, ellos son EL CLIENTE y por lo tanto exigen. Tú con tus escusas lo único que quieres es no trabajar y ellos que son la polla de listos lo saben, por eso con ironía contestan: da igual que se rompa, lo quiero finito finito… es más quiero que se rompaaaaaa, lo quiero rotoooo, lo quiero destrozado como tu voluntad, como tu paciencia. No venimos por necesidad de comprar, eso lo hacemos en la tienda de barrio, venimos por alimentar nuestro ego, por satisfacer nuestros complejos de inferioridad, por dar un caprichito a nuestro maltrecho orgullo, éste que ha sido mermado por la injusta crisis que nosotros no nos merecíamos, y aquí, en estos metros de paraíso ficticio, damos rienda suelta a nuestras carencias altaneras. Un sitio donde todavía se nos permite aparentar lo que no somos y rememorar tiempos pasados, donde la clase media fuimos una vez tratados como Vip, porque... yo soy cliente vip, sabe Utd. Tengo la tarjeta especial, ésa que me da derechos sobre Utd. ésa que me permite, aún hoy, pisarle y tratarle como a un guiñapo, un mero servidor de mis peticiones, aun siendo estas, absurdas como yo.

     La paciencia se agota. Al final solo queda un dimimuto e invisible hilo que separa la cordialidad de la agresión, un hilito que se va poco a poco deshaciendo. 
    
    Un hilo finiiiiito, finiiito, tan finito que seguro...se rompa. 
       
        Como ellos quieren.